Causas

Existe abundante evidencia que muestra que las causas de la baja participación electoral son de larga data y de carácter multidimensional.

Estas causas se pueden agrupar en cinco grandes dimensiones.

Primero, el diseño institucional ha tendido a debilitar la participación.

Durante mucho tiempo el sistema binominal produjo una disminución en la competencia política, tendiendo a sobre-representar a las dos principales coaliciones políticas, desincentivando la diferenciación de propuestas políticas, y disminuyendo los incentivos para la renovación generacional, de género, de fuerzas políticas, y la inclusión de mujeres en el Congreso.

Esto no solo generó problemas de representación, sino que también afectó las disposiciones de las personas a participar en las elecciones (PNUD, 2014). Lo mismo se puede decir respecto de la ausencia en la legislación de mecanismos que incentiven la participación al vincular la toma de decisiones a la ciudadanía como plebiscitos, consultas o los referendos revocatorios.

Segundo, el debilitamiento del sistema de representación y rol de los partidos políticos.

En Chile el sistema de partidos ha venido perdiendo la capacidad para intermediar entre la sociedad (los electores) y el Estado. Se ha producido un distanciamiento donde sectores muy importantes de la ciudadanía no se sienten representados formalmente, lo que algunos han identificado como una crisis de representación (Luna, 2016).

Por otro lado, los partidos políticos han ido perdiendo capacidad de representación e intermediación de los intereses de la ciudadanía frente al creciente poder de los medios de comunicación y la emergencia de nuevos movimientos sociales. Hay en este sentido una ruptura en el vínculo entre el sistema político y la vida cotidiana de las personas.

Tercero, el declive percepción eficacia política.

En este contexto, existe una creciente erosión en la percepción de la eficacia que tiene la ciudadanía respecto de sus acciones frente al sistema político y las autoridades. Esto afecta la actitud de la ciudadanía hacia la política institucional. Por ejemplo, como muestra la última encuesta Auditoría a la Democracia, el porcentaje de quienes piensan que la forma como uno vota no influye en lo que pasa en el país aumentó de manera significativa entre 2012 y 2016, de un 18% a un 29%.

Cuarto, las transformaciones sociales y económicas de los últimos 30 años han cambiado radicalmente la sociedad chilena.

La disminución de la pobreza extrema, el debilitamiento de la producción industrial y crecimiento de sectores de servicios y exportación de materias primas han ido transformando no sólo la base productiva del país, sino también la conformación de grupos sociales, incluyendo una fuerte expansión y diversificación de las clases medias.

Los partidos políticos no han sabido interpretar los intereses y aspiraciones de las nuevas clases sociales, dejando una brecha de representación (Barozet & Espinoza, 2016). Asimismo, distintos procesos sociales han generado un proceso de individuación, donde hay una ruptura entre lo individual y lo colectivo, donde las trayectorias de las personas son percibidas más como el producto de un trabajo individual desplegado al margen de la sociedad y de los otros (PNUD, 2017).

Esto último, por ejemplo, se ve más claramente entre las clases medias bajas de grandes centros urbanos que, a pesar de acceder a algunos de los beneficios del mercado, se sienten desprotegidas. No es casual entonces que sean las comunas rurales y de menos densidad poblacional donde se mantienen las mayores tasas de participación electoral; es en estas comunas sonde aun existiría un sentido de comunidad y cercanía, incluso con quienes son candidatos/as.

Quinto, existen transformaciones socioculturales entre la población juvenil que afectan su relación con la participación política.

Estas transformaciones se han reflejado en un distanciamiento de los y las jóvenes con el sistema político tradicional, pero no necesariamente con lo político y lo público. Emerge entre los jóvenes una ‘nueva política’ que se configura en lo cotidiano, ampliando el repertorio de participación, incluyendo formas de participación no convencionales, como por ejemplo, en las redes sociales o manifestaciones públicas.

La población juvenil es cada vez más heterogénea, existiendo una gran variedad de subculturas e identidades con intereses y trayectorias distintas. Esta diversificación, al igual que en el caso de las clases medias, complejiza la relación que se pueda establecer con el sistema político tradicional.

Sexto, la falta de educación ciudadana con foco en lo institucional

La participación electoral y el conocimiento de la institucionalidad política son temáticas que no se han abordado explícitamente en el sistema educacional chileno durante los últimos años. .

El conocimiento cívico de los estudiantes chilenos este por debajo de la media internacional (IEA, 2010), además son los estudiantes de familias de menor nivel socioeconómico y menos recursos educacionales en el hogar quienes presenten menor disposición hacia la participación política (Castillo et al., 2014).

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